Cualquier persona progresista, de izquierdas, que
se precie debe estar en estos momentos compungida. Junto a la grave situación
mundial, la guerra en Afganistán, la composición de un nuevo
orden mundial probablemente mas represivo e imperialista, hemos tenido
una noticia lamentable y preocupante: la derrota del FSLN en unas nuevas
elecciones en Nicaragua.
Con datos en la mano, vemos como el Partido Liberal Constitucionalista
(PLC) obtiene una ventaja de 14 puntos en las elecciones presidenciales
(56,3% contra 42,3%) y de 11 puntos (53,2 contra 42,1) en las elecciones
a Diputados nacionales, con el 99 % de votos escrutados aunque están
pendientes de resolver las impugnaciones y polémicas de algunos
departamentos y mesas electorales. Esto supone una clara derrota del Frente
Sandinista de Liberación Nacional, por tercera vez consecutiva desde
que, en 1990, Daniel Ortega perdiera por primera vez frente a Violeta Barrios
de Chamorro de la UNO. En la nueva Asamblea Nacional la relación
de fuerzas parece que será de 49 diputados para el PLC, 41 para
el FSLN y 2 para el PCN (Partido Conservador de Nicaragua), sobre una cámara
de 92 escaños, a falta de confirmación definitiva del Consejo
Supremo Electoral, que podría altera la distribución de escaños.
Un primer y honesto análisis por parte del
conjunto de organismos nacionales e internacionales que participaron en
este proceso como observadores electorales arroja un balance positivo en
cuanto al desarrollo del proceso electoral en el día de las votaciones.
Podríamos decir, a diferencia de 1996, que las votaciones han sido
básicamente correctas, sin fraude generalizado y pudiéndose
contar puntualmente los problemas y alteraciones de resultados. Así
pues, Enrique Bolaños es legítimamente nuevo Presidente del
país, y el PLC el claro vencedor de las elecciones.
Es de rigor constatar que estas elecciones en Nicaragua
han sido las mas observadas de toda la historia, con cerca de 11000 observadores
nacionales y unos 1100 internacionales (de los cuales, 150 catalanes y
otros 50 del resto del Estado), pertenecientes a diversos organismos oficiales
o voluntarios.
Una vez dicho esto, se impone un análisis
critico de todo el proceso, comenzando por el año 1990 y terminando
por el día de hoy, 12 de noviembre de 2001, puesto que este análisis
probablemente nos dará las claves para comprender la situación
dramática que vive
Nicaragua, país que fue en su momento vanguardia
de los movimientos revolucionarios en América Latina y en todo el
mundo.
Las elecciones de 1990, ganadas por la Unión
Nacional Opositora liderada por doña Violeta Barrios de Chamorro,
fueron las elecciones marcadas básicamente por la guerra civil con
la 'contra' financiada por los EEUU, y el rechazo de la población
a la guerra y el servicio militar, que culminó con un voto de castigo
hacia el FSLN de Daniel Ortega. El gobierno surgido, en una precaria mayoría,
permitió al FSLN conservar ciertas áreas de poder y ocultó
en parte la 'piñata' (apropiación indebida de bienes públicos)
que los sandinistas cometieron al abandonar el gobierno de la nación.
Las políticas liberales (como la inconcebible e incomprensible venta
de la red nacional de ferrocarriles, la reducción o desaparición
de servicios y subsidios públicos, etc.) marcaron este periodo,
al mismo tiempo que se culminaba el proceso de paz iniciado poco antes.
En 1996, en unas elecciones que el FSLN hubiera ganado en cualquier
país normal y democrático, se alzó con el poder Arnoldo
Alemán, líder de la Alianza Liberal y reconocido ultraliberal
vinculado a la clase dominante amiga del dictador Somoza y a las mafias
de trafico de drogas latinoamericanas. Estas elecciones estuvieron marcadas
por el fraude masivo cometido por los liberales, por la proliferación
de multitud de pequeños partidos que fragmentaron el mapa político
del país y por los violentos incidentes ocurridos las semanas posteriores,
con enfrentamientos entre los dos grandes bloques políticos del
país.
La consecuencia de estas elecciones fue una crisis
en el seno del FSLN (que ya había empezado algunos años antes)
con la marcha de destacados dirigentes de varias facciones, entre ellas
el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS, socialdemócrata)
e Izquierda Sandinista (ala izquierda del FSLN), con personajes destacados
como Mónica Baltodano, Victor Hugo Tinoco o William Grisby. La necesidad
de consolidarse como partido con aspiraciones de gobierno en Nicaragua
así como la continua y progresiva burocratización y corrupción
de algunos de sus dirigentes llevaron al FSLN a firmar un acuerdo con Alemán,
de amplísimas y gravísimas consecuencias para el país.
Por un lado, se impuso por rango de ley el bipartidismo
casi perfecto con el PLC y el FSLN y un pequeño Partido Conservador
(PC) al límite de la desaparición. Cualquier otro partido
que no alcanzara el 4 % de los votos en las elecciones presidenciales era
ilegalizado (perdiendo la personalidad jurídica), y cualquier nuevo
partido que quisiera concurrir debía estar avalado por miles de
firmas en todo el país, en unas condiciones draconianas que, a la
práctica, consagran un bipartidismo al estilo norteamericano. Por
otro lado, se otorgaba un estatus especial para el líder de la oposición,
Daniel Ortega así como para el presidente saliente de la república.
Al mismo tiempo, se establecía un sueldo para los diputados (7000
$ norteamericanos, unas 1.350.000 ptas mensuales) y para los ministros
(13500 $, sobre las 2.600.000 ptas) astronómicos en un país
considerado el segundo más pobre de América latina, donde
el sueldo medio de un policía es de 1000 córdobas (unas 15.000
ptas) mensuales.
En el período 1996-2001 se desarrolla un
gobierno de absoluta corrupción por parte de Arnoldo Alemán
y el PLC, desapareciendo grandes cantidades de las arcas nacionales y de
las ayudas llegadas para paliar el desastroso Huracán Mitch. Alemán
construye un palacio presidencial a su antojo, con helipuerto incluido,
y forma una especie de nueva "Guardia Presidencial" destinada a su protección
personal. Mientras, masivas manifestaciones estudiantiles piden el 6 %
del presupuesto nacional para universidades, los profesionales de la sanidad
pública reivindican mejoras salariales y de las condiciones de trabajo
y el sector del transporte público sufre numerosas huelgas totales.
Hay violentos enfrentamientos con la policía, varios muertos, cientos
de represaliados y todas las promesas y acuerdos incumplidos. El pueblo
nicaragüense sigue sometido a índices insoportables de analfabetismo,
de pobreza, de mortalidad infantil y materna, de infravivienda, de paro
masivo, etc.
Las elecciones municipales de 2000, con una baja
participación (sobre el 60 %, a niveles europeos), supusieron una
recuperación parcial del FSLN, que alcanzó 13 de las 17 alcaldías
de las capitales de Departamento (provincia), incluyendo la capital del
país, Managua. Sin embargo, la realidad del sistema político
nicaragüense, que hace que los municipios sólo se financien
con los recursos propios (escasísimos) ha limitado extraordinariamente
la posibilidad de rentabilizar políticamente este éxito electoral
en la cita con las urnas de este 4 de noviembre.
En este escenario llegan las elecciones de 2001.
La campaña electoral prácticamente no se detiene desde las
municipales del 2000, pero se producen muchas novedades y acontecimientos.
El FSLN constata una posibilidad real de acceder
al poder gracias al desgaste del gobierno corrupto del PLC, y pone en marcha
una estrategia llamada de "Convergencia Nacional". Alrededor del FSLN se
empiezan a aglutinar algunos de los antiguos disidentes, así como
miembros rebeldes del PLC y el PCN y grupos menores como el MRS o USC (Unión
Social Cristiana). El FSLN realiza una consulta popular (primarias) para
elegir a sus candidatos a diputados y a presidente. El resultado es que,
pese a candidatos alternativos que obtienen un apoyo considerable, Daniel
Ortega es elegido nuevamente candidato, juntamente con la cúpula
del FSLN. La Convergencia se lanza públicamente unos 3 meses antes
de las elecciones, con la ilusión de conseguir una victoria que
dé un giro a la realidad del país, y con una campaña
atípica, fundamentada en un mensaje de reconciliación nacional,
con un cierto aire populista y cristiano ("el amor es más fuerte
que el odio", "Nicaragua unida, la Tierra prometida"). A pesar de que las
encuestas daban al Frente una ventaja de entre el 2 y el 8 % de la intención
de voto, esto finalmente no se reflejaría en los resultados definitivos.
Claves sobre las elecciones:
- 11 de septiembre de 2001: los atentados en Nueva York y Washington,
atribuidos a Ossama Bin Laden, sirven de excusa perfecta para el PLC para
lanzar una ofensiva con toda la agresividad y demagogia imaginables contra
el FSLN y la imagen de Daniel Ortega. Así, se identificaba a Daniel
Ortega como amigo de los terroristas, y tanto en televisión como
en los diarios se insertaban imágenes de Ortega junto a Gadaffi
y otros líderes musulmanes, relacionados (para occidente) con el
terrorismo. El mensaje central era: “si no quieres terrorismo en Nicaragua,
no votes al FSLN”, “castiga a los amigos del terrorismo, vota al PLC”.
- Alta participación, voto del miedo. El PLC ha logrado movilizar
a una parte del electorado abstencionista que en condiciones normales no
habría votado pero, con la campaña del miedo “Daniel Ortega
es el pasado, la vuelta atrás, la vuelta a la guerra y al servicio
militar”, han decidido finalmente votar a la única alternativa que
podía ganar, Bolaños y el PLC. Una participación de
alrededor del 75 %, en Nicaragua, es extraordinariamente alta, porque el
censo electoral está tan desfasado que se considera que incluye
a unos 100.000 muertos y 400.000 emigrantes a EEUU y Costa Rica que no
pueden votar. En este marco, el voto útil a Bolaños por parte
de los electores conservadores y los indecisos ha inclinado la balanza.
- Imagen deteriorada de los líderes del FSLN. Pese a la gran
fidelidad de la mayoría de electores sandinistas, la realidad es
que Daniel Ortega y parte de la dirección del Frente han cosechado
a lo largo de los años una imagen negativa en Nicaragua. Además
de algunos puntuales casos de corrupción, el pacto con los liberales,
los sueldos de los diputados, la sensación de que algunos dirigentes
forman una “mafia” poco diferenciada del PLC. Tanto Daniel Ortega como
otros diputados (Bayardo Arce, etc.) despiertan poca confianza en una buena
parte de la población, sensible a la manipulación y la influencia
de la prensa y los poderes fácticos, muy presentes en Nicaragua.
- El Presidente Arnoldo Alemán fomentó además
de modo evidente el voto del miedo, con estrategias de presión psicológica
rozando la ilegalidad. Durante los días previos a las elecciones,
proclamó varias veces que era posible que se decretara el Estado
de Emergencia en todo el país el día de las Elecciones, supendiéndose
todas las garantías constitucionales. Al mismo tiempo, el Ejército
se desplegó por las principales ciudades del país durante
los días de reflexión y el mismo día de las votaciones,
en una exhibición militar insólita desde tiempos de la guerra
civil.
- La injerencia de los EEUU ha sido poderosísima también
en estas elecciones. En el periodo previo a las elecciones, un grupo de
Senadores de los partidos Demócrata y Republicano, encabezados por
Jesse Helms (padre de la Ley Helms-Burton de embargo a Cuba), anunciaron
la presentación de una propuesta en el Senado para permitir al Presidente
Bush a “modificar la política de EEUU hacia Nicaragua si gana las
elecciones nicaragüenses el FSLN”. Como cualquiera puede interpretar,
esto es una amenaza directísima de sanciones y represalias del gigante
gringo que, en un país como Nicaragua tan condicionado cultural
y económicamente por los EEUU, tiene un impacto brutal. Pero esto
no es todo. La misma noche de las elecciones, el Embajador norteamericano
en Managua entró en la sala nacional de Cómputo de Datos
, junto a 2 técnicos informáticos y, al grito de “desalojen
la sala o se acabó toda la ayuda estadounidense hacia Nicaragua”
se quedó solo junto a los ordenadores centrales del Consejo Supremo
Electoral. Lo que allí sucedió esa noche sólo él
puede saberlo.
- La cúpula de la Iglesia Católica de Nicaragua también
interfirió de manera descarada en el condicionamiento al voto, colaborando
en la merma de la legitimidad de las elecciones. El Obispo de Managua,
Cardenal Manuel Obando, emitió una homilía el día
3 de noviembre en la que exhortaba a los nicaragüenses a votar “por
un candidato que en lo personal cumpla todos los requisitos de la Iglesia”
(es sabido que Daniel Ortega vive en pareja desde hace 20 años sin
estar casado) y a votar “contra el regreso al pasado que algunos representan”.
- Varios organismos supuestamente neutrales, como la OEA (Organización
de Estados Americanos) o Ética y Transparencia (organismo nicaragüense
de observación electoral) estaban compuestos básicamente
por miembros del PLC o afines, interfiriendo en algunas ocasiones durante
la votación, y sobretodo en las horas de incertidumbre después
del cierre de los colegios electorales, emitiendo valoraciones y apoyando
los comunicados del Gobierno.
- Hay también una causa estructural no menos grave. Todos los
miembros de las Mesas Electorales fueron designados por el CSE (de composición
mayoritaria liberal) directamente, primando en la mayoría de Mesas
como Presidentes a miembros del PLC. En un sistema electoral como el nicaragüense
tan enormemente complejo, el poder del presidente puede decidir algunos
votos, y condicionar la validez de una mesa, según le interese o
no a su partido. Es posible que algunas mesas donde el FSLN haya logrado
una clara victoria hayan sido impugnadas y hasta anuladas por la presencia
de miembros del PLC como autoridades de esas mesas.
- Finalmente, una sombra de duda sobre si ha habido realmente fraude
directo o no pesa sobre este proceso electoral en Nicaragua. En numerosas
mesas aparecieron a última hora de la tarde autobuses llenos de
votantes no inscritos en el padrón electoral pero que, según
la Ley electoral nicaragüense, podían votar con dos testigos
que afirmaran ser vecinos del votante. De esta manera, mesas con un padrón
de 50 votantes se encontraron con 100 o 150 votantes no previstos pero
que pudieron ejercer su “derecho” a voto. En círculos sandinistas
se considera que esto significó que personas, pagadas por el PLC,
votaran por dos o hasta 3 veces y, dado que en Nicaragua es imposible comprobar
este posible voto doble, no se sabe la influencia de este fenómeno
ilegal sobre el resultado final.
Como valoración inicial, hay que hacer constar
que aunque es altamente probable que los resultados finales reales pudieran
ser bastante distintos de los publicados, la aceptación de los mismos
por parte de Daniel Ortega y la dirección del FSLN (quienes disponen
de datos propios sobre las elecciones) hacen pensar que, en cualquier caso,
la victoria del PLC ha sido real y justa dentro de las reglas de juego
aceptadas.
Como balance de la observación electoral,
considero que se han producido una serie de errores que deben ser corregidos
de cara a próximos comicios. El primero y fundamental (fruto de
la experiencia de 1996) es haber considerado que la observación
debía limitarse al día de las votaciones, pensando que si
el ejercicio del voto es correcto en la urna misma, ya el proceso se puede
calificar de limpio. Muy al contrario, y por los motivos antes expresados,
se constata la necesidad de observar también la campaña previa
de los partidos así como las posibles injerencias de organismos
externos al sistema electoral nicaragüense. De igual manera, la recepción
de los datos y su posterior procesamiento debería ser objeto de
observación hasta la publicación definitiva de los resultados.
No hacerlo supone un riesgo de fraude técnico más difícil
de detectar y denunciar. En Europa jamás se hubiera aceptado la
intromisión de las autoridades estadounidenses en un proceso electoral,
ni de ninguna cúpula religiosa y mucho menos un retraso de 10 días
en la publicación de resultados finales.
Por otro lado, en estos momentos se abre en Nicaragua
una época de grandes interrogantes. Como ganador, Enrique Bolaños
tiene el reto de gobernar un país en bancarrota, con los niveles
de pobreza y analfabetismo más altos desde la década de 1970
y con el control férreo que Arnoldo Alemán, verdadero cacique
del país y hombre fuerte del PLC, acusado por múltiples frentes
de corrupción y malversación de fondos públicos.
Por su lado, el Frente Sandinista se enfrenta a
su tercera derrota consecutiva en las elecciones presidenciales y legislativas.
Es un golpe muy duro para un partido que nació como movimiento político
y militar y que está hecho para gobernar. Especialmente difícil
es el papel de Daniel Ortega (y con él la dirección máxima
del FSLN) que al desprestigio y miedo que suscita entre una mayoría
de la población se suman las dudas de una parte de las bases sandinistas.
Queda bastante claro que, pese al papel fundamental que Daniel Ortega ha
jugado en la historia de Nicaragua, su figura (carismático y polémico,
amado y odiado a la vez) supone hoy un lastre para el FSLN. El futuro del
partido pasa por la renovación de personas, no tanto de ideas ni
propuestas, y por recuperar la confianza del pueblo nicaragüense.
Daniel Ortega, como Secretario General, debe darse cuenta de que estos
cambios son imprescindibles y debe tener la valentía y capacidad
de liderar este proceso. De otra manera, la historia probablemente le juzgue
como un lastre parra su partido y para Nicaragua.
Los críticos y disidentes que el Frente ha
ido dejando atrás en los últimos años ya plantean
la necesidad de repensar el papel que debe jugar el Frente en la sociedad
nicaragüense, qué tipo de organización debe tener y
si la apuesta por la Convergencia tiene futuro. El control férreo
con que la dirección del Frente ha dirigido todas sus crisis, la
mano dura con que ha sancionado o expulsado a las voces críticas,
son prácticas que lejos de fortalecer al partido disminuyen su cohesión
y credibilidad externa. En el debate sobre el futuro de la izquierda mundial
en la época de la Globalización capitalista, el FSLN debe
encabezar la voz de la izquierda latinoamericana revolucionaria del siglo
XXI, poniendo sobre la mesa las terribles desigualdades que el sistema
provoca y también sus necesidades y las alternativas que se proponen
desde los países subdesarrollados. Y esto sólo puede hacerlo
si antes ha puesto orden en casa y ha dejado atrás los tics estalinistas,
de partido clásico, que todavía le atenazan. La izquierda
latinoamericana, o es honrada y radicalmente democrática, o no será.
Como dijo alguien, “la verdad será siempre la principal arma revolucionaria”.
A todas estas preguntas irán dándose
respuestas los próximos meses. Lo que está claro es que Nicaragua
no será la misma después del 4 de noviembre de 2001 y, o
se produce una verdadera regeneración democrática en sus
instituciones y partidos mayoritarios o está condenada a repetir
una y otra vez la espiral de pobreza-caciquismo-corrupción-subdesarrollo.
Considero necesario recordar, antes de finalizar,
que el Frente Sandinista significa, con todos sus problemas y dificultades,
la única esperanza de recuperación económica y social
en Nicaragua. Porque está formado básicamente por personas
del pueblo, que luchan para liberar a su pueblo de la esclavitud del subdesarrollo.
Por suerte, Nicaragua cuenta en su activo con una legión de mujeres
y hombres con una enorme fuerza de voluntad, paciencia e instinto de superación
y una capacidad organizativa y de lucha que ilumina con esperanza su futuro.
Gavà, 5 diciembre 01